En resumen
- La Panamericana, con todas sus carreteras secundarias, cubre una distancia de 48.000 kilómetros. Rainer Behrendt y Jan Bongers se propusieron recorrerla en 100 días.
- Su ruta los llevó desde Ushuaia, en Tierra del Fuego, hasta Deadhorse, en Alaska.
- Porsche los acompañó en dos ocasiones con un fotógrafo profesional: en Perú y en Canadá.
- Además, el alemán y el neerlandés abren su archivo particular y ofrecen imágenes exclusivas y auténticas de su viaje.
En algún punto de los Andes, el sistema nervioso de Jan Bongers dice basta. Él y Rainer Behrendt llevan días atravesando la cordillera más larga del mundo. En el difícil tramo entre Salta, en Argentina, y San Pedro de Atacama, en Chile, la ruta los lleva a más de 4.500 metros. Y de pronto aparecen los pensamientos acelerados, la falta de concentración y los mareos. A Jan Bongers le ha pillado el mal de altura. Y, por si fuera poco, el Cayenne empieza a dar problemas. El viaje que debía llevar a los dos amigos desde Tierra del Fuego hasta Alaska parece peligrar a los pocos días de comenzar.
Con su #thepanamericana100project, el alemán Behrendt, de 54 años, y el neerlandés Bongers, de 57, cumplen el sueño de sus vidas: recorrer la Panamericana en 100 días. Son amigos desde hace más de 15 años y los viajes con Porsche a los Alpes forman parte de esa amistad hace tiempo. Pero en marzo de 2026 ponen el listón más alto: un viaje desde Tierra del Fuego hasta Alaska. Para Behrendt, Presidente del Porsche Club Maguncia, no había duda: irían en el Cayenne, un todoterreno polivalente. El proyecto, sin embargo, debe ser más que una aventura. El año anterior, la suegra de Behrendt había muerto de ELA. Ahora ambos quieren llamar la atención sobre esta enfermedad traicionera, todavía incurable, y recaudar fondos para su investigación. En la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), las neuronas motoras del cerebro y de la médula espinal se dañan de forma irreversible. La enfermedad es mortal y, en todo el mundo, la investigación depende de las donaciones. El Cayenne, con un llamativo vinilado y el lema "Race against ALS", se convierte por el camino en motivo de conversación y abre la puerta a encuentros irrepetibles. Porsche Newsroom ha hablado con Behrendt y Bongers para conocer a fondo una aventura de nuestro tiempo. Esta es su historia.
Rainer Behrendt: en el fin del mundo
Marzo de 2026, en el sur de Tierra del Fuego. En el canal Beagle me apoyo en la barandilla y noto una lágrima en la mejilla. Es la primera vez en semanas que disfruto de un momento de calma. Han pasado muchas cosas últimamente: la muerte de mi suegra hace un año, los preparativos del viaje, la renuncia a mi empleo tras 27 años para cumplir este sueño, la llegada a Buenos Aires, el trayecto por carretera hasta aquí. Y ahora Ushuaia, Tierra del Fuego, la partida. Hemos conseguido ya tantas cosas y todavía no hemos empezado. Ushuaia no es bonito, pero sí especial. El fin del mundo es para nosotros solo el principio. En dos días arrancamos.
Jan Bongers: sobre hielo
Desde Ushuaia solo conocemos una dirección: hacia el norte. Tenemos que planificar con cuidado las paradas, porque la belleza de Tierra del Fuego espera, tentadora, al otro lado del parabrisas. Dan ganas de bajarse, disfrutar de ese paisaje irreal y saborear cada instante. Después de unos 1.000 kilómetros, sin embargo, se alza al oeste el Perito Moreno, en el Parque Nacional Los Glaciares. Una visita obligada. Es una de las mayores maravillas naturales del planeta y uno de los pocos que se mantienen estables o crecen pese al cambio climático. Cuando ponemos los pies sobre el hielo, entendemos por fin lo que significa este viaje para nosotros. Estar aquí es un privilegio.
Rainer Behrendt: los Andes
Pasamos días enteros atravesando los Andes. Subimos las montañas más empinadas hasta casi 5.000 metros y volvemos a bajar por las curvas de herradura más espectaculares que he visto nunca. El escenario cambia de los valles de un verde exuberante a las formaciones rocosas de colores. Cruzamos enormes salinas y paisajes volcánicos que parecen lunares.
De pronto, el Cayenne empieza a dar problemas. Nos habíamos decidido por una variante diésel de la segunda generación, con depósito de 100 litros. Eso nos provoca ahora dificultades poco habituales en un Porsche: el filtro de partículas no puede regenerarse por la falta de oxígeno a esta altura. Mal de altura para el Cayenne, programa de emergencia, un máximo de 2.000 revoluciones. El motor pelea con valentía y afrontamos las rampas en segunda mientras los camiones nos presionan por detrás. Y de repente veo que a Jan le pasa algo.
Jan Bongers: mal de altura
Me encuentro fatal. Náuseas, mareo, pensamientos acelerados. Tiene que ser el mal de altura, que en los casos graves puede ser mortal. Por suerte había ido antes a un especialista en medicina del viajero y llevo medicación. Ahora toca bajar. Rainer nos lleva a salvo hasta San Pedro de Atacama, un descanso en el oasis del borde del desierto, a solo 2.500 metros. Tres días de reposo y se acabó el susto.
Seguimos hacia el norte, 1.500 kilómetros por la costa oeste hasta Santiago de Chile. Todavía en modo de emergencia, pero el Cayenne resulta fiable incluso en situaciones extremas. De pronto recibimos un mensaje por redes sociales del Porsche Club Andino de Chile: quieren vernos. Desayuno al día siguiente, mi primer contacto con esta comunidad. No conocemos a esas personas, pero la pasión compartida nos une. Rainer, como Presidente del club de Maguncia, está acostumbrado a estos encuentros; para mí es todo un descubrimiento. Ese ambiente nos acompañará durante mucho tiempo. El trato con la gente del lugar nos permite entrar más a fondo en la cultura de cada país. Aunque estemos poco tiempo, esas vivencias auténticas quedan para siempre.
Rainer Behrendt: teleféricos en La Paz
Problemas de abastecimiento en Bolivia. La venta de carburante a extranjeros está regulada por el Estado y a nosotros se nos aplican otros precios. No todos los empleados pueden o quieren hacer esa venta como corresponde. Además, el gasóleo no está disponible en todas partes. Un día recorremos seis gasolineras hasta encontrarlo. Pero salimos adelante, cruzamos el Salar de Uyuni, el mayor desierto de sal del mundo, y llegamos hasta La Paz, la capital boliviana, a 4.000 metros de altitud. Es una de las metrópolis más impresionantes que he visto nunca. Hasta hace apenas diez años, la población estaba dividida en dos clases sociales: en el altiplano vivía la gente indígena, a menudo más pobre, y abajo, en el valle, los más acomodados, cerca del centro. Entonces se construyó un sistema de teleféricos accesible que ha cambiado la vida diaria y el tejido social. Trayectos que antes llevaban una hora se resuelven ahora en diez minutos. Aquí se ve cómo un urbanismo inteligente transforma la vida de las personas.
Jan Bongers: tras las huellas de los incas
Salir de La Paz le exige al Cayenne todo lo que tiene. Llevamos dos semanas en modo de emergencia y seguimos sin poder pasar de 2.000 revoluciones. Pero hay que dejar atrás este valle. La carretera trepa por la ladera, curva tras curva, en primera, a duras penas a 10 km/h. Tensión a cámara lenta. Quedan 1.500 kilómetros hasta Lima; los mecánicos de Centro Porsche de la capital peruana ya están avisados.
Los mecánicos se vuelcan con el coche. Nunca en su vida habían visto un Cayenne diésel. Aprovechamos la espera y quedamos con Luis Fischer, Lucho, Presidente del Porsche Club Perú. Cuando se entera de que queremos ir a Machu Picchu, nos hace una oferta que no podemos rechazar: tiene un hotel en Cuzco, la antigua capital inca, y nos lo organiza todo. Tres días después, el Cayenne vuelve a estar listo. El filtro de partículas está regenerado, lleva una sonda lambda nueva y el modo de emergencia es historia. ¡A respirar!
Unos días después salimos de Cuzco hacia Machu Picchu con un guía. La antigua ciudad inca de los Andes es una de las nuevas siete maravillas del mundo. Cuando nos plantamos ante esas terrazas enormes, levantadas hace más de 500 años, apenas damos crédito a nuestra suerte. Es un viaje al pasado, a otro mundo, al imperio inca.
Rainer Behrendt: parada obligada en Ecuador
Después de algo más de 2.000 kilómetros llegamos a Ecuador y todo cambia de golpe. El desierto, el polvo y la arena de Perú dan paso a las plantaciones de plátanos, al clima tropical y a un verde exuberante. Las pistas de tierra se convierten en asfalto. Pero el Cayenne vuelve a las andadas: hay que reponer AdBlue o pronto no arrancará el motor.
En Ecuador no saben lo que es el AdBlue. ¿Una solución de urea que ayuda a los vehículos diésel a eliminar los óxidos de nitrógeno de los gases de escape? Aquí nunca han oído hablar de eso. Quedan menos de 1.000 kilómetros y entonces el sistema impedirá arrancar. Para avanzar todo lo que podamos, ya no apagamos el motor ni siquiera en las paradas: si se para, quizá no vuelva a arrancar. En algún momento alcanzamos un hotel en medio de la nada y ya casi no podemos seguir. La búsqueda de AdBlue se alarga durante días. Hasta que nos llega un aviso: en Quito, a unas tres horas, hay una tienda que tiene. El coche arranca una vez más y la salvación está cerca.
Jan Bongers: con el hermano de Pablo Escobar
¡Problema resuelto! Seguimos camino, dormimos en el ecuador y llegamos por fin a Colombia. Hacemos caso de las recomendaciones: nos ceñimos a las grandes rutas, no conducimos de noche y acabamos entrando en Medellín. Pablo Escobar dio a la ciudad una fama dudosa; hoy encontramos una metrópoli moderna, premiada por su innovación, su arte y su tecnología.
Queremos conocer más a fondo la historia de la ciudad. Nuestro guía nos lleva a la Casa Museo Pablo Escobar. Allí ha levantado polémica, porque repasa los hechos del cartel de Medellín y ensalza al narcotraficante como una especie de Robin Hood. Para nosotros, europeos, resulta de todos modos una experiencia interesante. Pero entonces la controversia toma forma. Le damos la mano al fundador del museo: Roberto Escobar, hermano de Pablo y responsable de sus finanzas, que pasó más de once años en la cárcel. ¿Quién iba a pensar que acabaríamos de pronto en manos del cartel de Medellín?
Para llegar a Ciudad de Panamá hay que embarcar el coche. El tapón del Darién, con sus pantanos y su selva espesa, hace imposible el paso por tierra. También en Panamá nos vemos con miembros del club Porsche local. Mi fascinación por estos encuentros no decae. De Costa Rica a Honduras, en Centroamérica el espíritu de club se nota muchísimo.
Rainer Behrendt: Centroamérica
En Nicaragua no nos sentimos bien recibidos. No por la gente, sino por la situación política. Ya en la frontera tenemos que vaciar y volver a cargar el coche varias veces. Los drones no están permitidos, así que los enviamos antes por correo a Honduras; todos menos el pequeño, que pasaré de contrabando. Este país se gobierna de otra manera y los controles policiales son cosa de cada día. Pero los vecinos nos reciben con los brazos abiertos. En Estelí, por ejemplo, un día nos hace señas un conductor de furgoneta para que paremos. Nos había visto en Instagram. Ahora este fabricante de puros nos invita a un café. Después nos llega una invitación por redes sociales y a la mañana siguiente estamos en una pequeña fábrica artesanal de cerveza y refrescos. Momentos estupendos que hacen olvidar enseguida la primera impresión de la frontera.
Siguiente parada: El Salvador. Hace diez años, el país estaba entre los más peligrosos del mundo. Pero desde hace un tiempo hay un rumbo político nuevo. En el encuentro con el club Porsche de allí nos cuentan que antes, para sacar el coche a dar una vuelta, había que viajar con vehículos blindados y escolta, incluso siendo del lugar. Hoy encontramos una nación llena de hospitalidad y una naturaleza preciosa. Volveremos, eso seguro.
Jan Bongers: sobre el volcán
En Guatemala, Pedro Soles, Presidente del club Porsche local, nos recomienda subir al volcán Acatenango, porque desde su cima se ve mejor que desde ningún sitio el volcán Fuego, todavía activo. Esa excursión de dos días es una de las experiencias más duras e impresionantes del viaje. Cada cuarto de hora, la montaña humea y echa vapor; la lava borbotea. Ver ese espectáculo con nuestros propios ojos parece irreal. Un instante para detenerse y, poco después, otra vez al Cayenne rumbo a México.
Carlos J. Pani Villalobos, Presidente del Porsche Club México, se convierte en esta etapa en nuestro guardaespaldas en la carretera. Cuando queremos tomar en Ciudad de México una autopista que rodea la metrópoli, nos guía por el tráfico desde el móvil. El trajín hace de la conducción un reto, pero nuestra misión nos empuja hacia delante.
Rainer Behrendt: parada en el circuito
La entrada en Estados Unidos resulta sorprendentemente fluida, con los agentes de frontera de lo más amables. Pero a partir de aquí se acabó lo exótico, sobre todo porque pisamos terreno conocido. Como nos habíamos tomado nuestro tiempo en Centroamérica, ahora toca apretar para llegar a la meta en plazo. Aun así, hay cosas que no podemos perdernos, porque en la costa oeste de Norteamérica vive un espíritu Porsche incomparable. Hay que disfrutarlo. En Los Ángeles paramos en el Porsche Experience Center y nos damos el gusto de conducir en el circuito todoterreno. Después, a Laguna Seca, uno de los trazados más legendarios. Allen Serban, nuestro instructor, nos lleva a toda velocidad en un Taycan: nunca había vivido nada igual. Ese paseo nos anima a pisar también el acelerador, porque en Vancouver hemos quedado con mi mujer y llegar tarde no es una opción.
Jan Bongers: esprint final
Allí disfruto muchísimo de la bicicleta, como buen holandés. Pero el volante espera, así que seguimos a la isla de Vancouver y a un paisaje increíblemente bonito. Osos negros, pardos y grizzlis se cruzan en nuestro camino; alces y bisontes trotan al borde de la carretera. Después, de vuelta al continente, las Montañas Rocosas nos acompañan durante días. Paramos a caminar en el lago Louise y coincidimos en que esa cordillera es uno de los grandes momentos del viaje.
En junio llegamos a Alaska y cruzamos el círculo polar ártico. Ya no anochece: el sol se queda terco en el cielo y a medianoche baña el paisaje en luz dorada. Más al norte cambia el decorado: del verde intenso y los prados de flores silvestres se pasa a una tundra llana. Después de haber visto el fin del mundo en Ushuaia, nos invade la sensación de estar llegando al otro extremo. Una tierra despiadada, una inmensidad sin límites, algo increíblemente impresionante.
Rainer Behrendt: el punto más bajo
Última etapa por la Dalton Highway, de Fairbanks a Deadhorse. Me da vueltas la cabeza. Jan y yo no solo hemos puesto a prueba nuestra larga amistad. También le hemos levantado un monumento a mi suegra. Ahora los recuerdos duros se rompen con momentos recientes que aligeran algo la carga. El encuentro en San Diego, cuando un hombre nos contó, conmovido, que en su familia ya se habían enfrentado tres veces a la ELA. El camionero de Fairbanks que se fijó en el Cayenne y nos deslizó 20 dólares de donación durante el desayuno. O la pareja que también había sufrido la enfermedad en casa y nos pagó la cuenta. Y toda la gente que simplemente escaneó el código QR del coche e hizo su aportación.
Esta enfermedad causa sufrimiento en todo el mundo. La atención que reciba nunca será suficiente. Por eso mi lucha contra la ELA no va a terminar y la campaña de donaciones seguirá adelante cuando acabe el viaje, eso seguro.
Entonces llegamos a Deadhorse. El sueño está cumplido. Pero ese momento es una decepción absoluta. Empezando por el lugar: un poblado de contenedores, sin habitantes propiamente dichos, pero con miles de trabajadores del petróleo de temporada. Oleoductos, instalaciones de extracción, naves industriales y camiones dominan el paisaje. Aunque probablemente no sea el sitio lo que me deprime. Es el final, que ya se acerca. Este anhelo ya lo he vivido. ¿Y qué viene después? No vuelvo a mi trabajo, voy a reorientarme. Me llevo en el equipaje una perspectiva nueva: pase lo que pase, quiero seguir con mis pasiones. Como en esta travesía, que aún les contaré a mis nietos.
Jan Bongers: Deadhorse
Lleno de orgullo, desbordado por la emoción y con una idea central, estoy en Deadhorse: haber podido cumplir este sueño nos convierte en unos auténticos afortunados. Hoy tengo la sensación de entender el mundo un poco mejor. He conocido gente nueva y otros puntos de vista. Algunos de los problemas que tenemos en casa no lo son en realidad. Durante mucho tiempo viviré de los encuentros de este viaje. Pero ahora espera la vuelta. Y despacio, después de tanto tiempo fuera, va tomando forma otra conclusión: en casa también se está muy bien.
La aventura en cifras
Distancia recorrida: 41.600 km
Duración del viaje: 100 días, sin contar los viajes de ida y de regreso
Países: 15
Información
Artículo publicado en el número 420 de Christophorus, la revista para clientes de Porsche.
Texto: Matthias Kriegel
Imágenes: Tobiah Lui, Musuk Nolte, freedom_wanted (Mauritius Images Alamy) y archivo personal
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